Aporte económico sefardí en la historia moderna. - Núm. 49, Enero 2009 - Cyber Humanitatis - Libros y Revistas - VLEX 632228569

Aporte económico sefardí en la historia moderna.

Autor:Matus G., Mario
Cargo:Historia jud
 
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  1. INTRODUCCIÓN:

    El presente artículo se propone examinar el conjunto de instrumentos económicos y saberes prácticos desarrollados por judíos sefardíes en Europa Occidental y el Imperio Turco entre el dominio romano de Hispania en el Siglo I DeC hasta el apogeo económico sefardí en algunos países de Europa Occidental a fines del siglo XVII e inicios del XVIII.

    Con ese objetivo, en primera instancia se postula que los artefactos culturales propios de las comunidades sefardíes fueron la respuesta a entornos históricos adversos, que obligaron a las comunidades sefardíes a establecer sofisticadas pautas de supervivencia, que a la larga, asumieron la forma de aprendizajes económicos fundamentales. En segunda instancia, se pasa revista a la participación sefardí en la innovación (adaptación) y difusión de numerosas instituciones, técnicas y conocimientos sin los que sería imposible comprender la historia de la economía durante el período moderno. A partir de los elementos anteriores, las conclusiones insinúan algunas hipótesis que explican por qué las comunidades sefardíes acogieron, aplicaron, perfeccionaron y difundieron con mayor entusiasmo estas invenciones, cuya mayor parte no fue de su autoría.

    Pero antes de acometer estos temas, se deben establecer algunos alcances básicos.

    Con la segunda destrucción del Templo de Jerusalem por tropas romanas en el 70 DeC. se inició la Diáspora Judía por todos los contornos del Mediterráneo. Entre los siglos I y XVIII las comunidades judías mayoritarias en Europa fueron las sefardíes aquellas asentadas en la actual España (Sefarad)--y las azhkenazíes, que se radicaron en Europa septentrional y centro-oriental. De ambas comunidades, las azhkenazíes sólo comenzaron a destacar por su prosperidad material e intelectual a partir de los avances de la Modernidad Histórica desde fines del Siglo XVIII y, especialmente, a partir de la difusión de los principios de la Revolución Francesa por Europa Continental y el llamado proceso de emancipación, que por vez primera concedió derechos plenos como ciudadanos a judíos de Europa Occidental a fines del siglo XVIII. De tal modo, gran parte de los mitos y lecturas antisemitas sobre la riqueza de los judíos forjados entre la Edad Media y el siglo XVIII en rigor corresponden a la enorme prosperidad alcanzada por las comunidades sefardíes, especialmente en España (entre los siglos VIII y XV, es decir, entre la Conquista musulmana en 711 y el Decreto de Expulsión de 1492) y una vez expulsados de España, con sus posteriores éxitos tanto en los países europeos que los acogieron (Portugal, Holanda, Bélgica, Norte de Alemania, Inglaterra, Sur de Francia y Norte de Italia), como en las Antillas y el Imperio Turco, cuya frontera occidental se iniciaba al este de Viena. Dicho así, hablar de bienestar material e intelectual judío entre los más de diez siglos que abarcan las fechas de 711 y 1792-Decreto francés de Emancipación de los Judíos--equivale a hablar de judíos sefardíes. Por esta misma razón, este artículo trata fundamentalmente de aquellos aportes realizados esencialmente por judíos sefardíes a partir del Siglo I en Hispania (dominación romana), hasta fines del siglo XVII e inicios del XVIII, fundamentalmente en Holanda e Inglaterra.

    Por otro lado, si bien la época de oro de los aportes sefardíes en la Historia de la Economía se sitúa en Europa Occidental y el Imperio Turco entre los siglos VIII y XVIII, resultados de investigaciones realizadas en Chile (Matus, 1993) y en otros países permiten identificar la continuidad de algunas prácticas y reglas llevados a efecto por familias judías sefardíes desde fines de siglo XIX hasta la década de 1990. Tales prácticas serían la base explicativa de los elevados niveles de bienestar y de contribución de instrumentos de desarrollo económico logrados por las comunidades sefardíes en Europa Occidental hasta inicios del siglo XVIII.

    A lo anterior, se debe agregar un segundo alcance. Cuando en este artículo se habla de aportes económicos de comunidades sefardíes--tanto en el desarrollo de instrumentos económicos como en resultados destacados en mercados concretos--estos aportes no son examinados propiamente como invenciones--es decir, como aportes autenticados como originales--sino más bien de innovaciones o difusiones (Rosemberg, 1993), es decir, procesos de adaptación acumulativa y circulación compleja de invenciones cuyos autores se desconocen y que probablemente tuvieron orígenes simultáneos en el mundo cristiano y en el mundo árabe, por no mencionar a las civilizaciones china e india. Sin embargo, como el mismo Rosemberg se ha encargado de enfatizar, los procesos de innovación y difusión son mucho más importantes que las meras invenciones, dado que éstas no logran generar nuevos encadenamientos virtuosos en la economía hasta que son adaptadas para aplicarlas a procesos concretos. Por lo mismo, muchas valiosas invenciones se pierden y permanecen improductivas hasta que alguien logra aplicarlas y que sus beneficios estimulan su diseminación y el establecimiento de nuevos paradigmas técnicos y tecnológicos.

  2. RESPUESTAS AL RETO Y A LA ADVERSIDAD

    Aunque se podría señalar que antes de la destrucción del Primer Templo en el año 589 aEC. ya existían en la sociedad hebrea algunas normas y valores básicos de lo que se podría denominar una cultura económica, fue la conquista de Jerusalén por Nabucodonosor y el exilio forzado a Babilonia lo que obligó a desarrollar una serie de nuevas prácticas económicas--fundamentales para la supervivencia--y que obligaron a las comunidades judías a modificar las normas sobre su praxis económica. La valorización del trabajo derivó del peligro que significaba el desempleo de algún miembro de la comunidad, en la medida que podía inducir a alguien a la delincuencia y que ello conllevaría un juicio colectivo negativo por parte de la sociedad que la albergaba. Del mismo modo, y dado que la supervivencia requería que los miembros de la comunidad pudieran disfrutar de los menores precios posibles, se estableció como fundamental la existencia de precios libres--salvo en algunos productos de primera necesidad--y el principio de la competencia, es decir, que ningún productor o comerciante pudiera lograr un grado de concentración que le permitiera manipular los precios. Por último, y debido a la necesidad de preservar la capacidad de reproducción de la comunidad, un fundamental principio de solidaridad tomó la forma de una contribución limitada al décimo de las rentas (Attali, 2005). De tal modo, las comunidades judías en el exilio en Babilonia implementaron 3 principios e instrumentos claves desde el punto macroeconómico: 1) Disciplina fiscal y sistemas avanzados de recaudación de impuestos, 2) Incentivos claves para el desarrollo de los mercados y, 3) Una cultura de la previsión (ahorro) y del trabajo que no se podía abandonar bajo ninguna circunstancia.

    Siguiendo esa lógica marcada por la adversidad, la destrucción del Segundo Templo por las legiones romanas en 70 dEC, consolidó y perfeccionó lo ya aprendido en la experiencia babilónica. La destrucción del Segundo Templo y el desarrollo de una guerra encarnizada para aplastar el nuevo alzamiento judío, no sólo mermaron gravemente la demografía hebrea sino también disolvieron sus instituciones centralizadas y jerárquicas. De tal modo, las sinagogas y familias--dispersas tanto en Judea como en el resto del Imperio--debieron asumir las funciones políticas, administrativas, económicas y religiosas que antes habían estado encarnadas en el Templo (Attali, 2005). De ese modo, la transmisión de la cultura y las tradiciones quedó básicamente circunscrita al interior de los hogares, especialmente en aquellos de la Diáspora. En paralelo, familias y rabíes insistieron en promover un esfuerzo educativo permanente, una cultura del trabajo, un sistema solidario para financiar las tareas y necesidades fundamentales de las comunidades y ayudar a los más pobres y, finalmente, en promover mercados altamente competitivos. Pero al principio básico de trabajar duro, se sumaron nuevos otras pautas destinadas al fortalecimiento interno, pero que a la larga, alimentarían el rechazo de las sociedades de acogida; 4) No confiar más que en los miembros de la comunidad, 5) Transmitir a las futuras generaciones una lengua y una ley, 6) Permanecer agrupados y 7) Comunicarse entre las comunidades (mantener operativa la red cultural, organizacional y comercial). A todo ello, se agregó un principio político esencial: 8) Obedecer al soberano del país de acogida.

    En cada país de la Diáspora, las comunidades judías se organizaron en torno a dos entidades críticas: Un Consejo de Notables, que se encargó de recaudar los impuestos para pagar el tributo (ñscus judaicus) al Imperio Romano y a sus herederos, de apoyar a los pobres o desvalidos, de negociar el rescate de los esclavos, de responder a las periódicas y arbitrarias exacciones económicas aplicadas por las autoridades gentiles y de administrar los cementerios. Por otro lado, un Tribunal Rabínico, que se encargó de reglamentar precios, remuneraciones, tarifas de transportes y comisiones entre judíos, mediar en los conflictos entre empleadores y empleados para fijar precios y salarios mínimos, controlar presos y medidas, verificar la aplicación embrionaria de un derecho laboral, asignar calles especiales a los cuerpos de oficios, administrar mutuales de solidaridad de los artesanos y administrar las relaciones con los gentiles.

    Por otra parte, la materialización de los principios económicos de la Diáspora fue el resultado de una permanente adecuación entre las normas internas existentes, las condiciones temporales generales y la especificidad de la sociedad donde se localizaban concretamente las comunidades. De ahí que los Tribunales Rabínicos de cada comunidad de la Diáspora, si bien se basaron en los contenidos normativos (Halajá) de la Toá (Tanaj o Pentateuco) y el Talmud (Weiss, 1968), con su Mshná...

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