Sobre democracia y derecho - Filosofia del Derecho - Libros y Revistas - VLEX 68933376

Sobre democracia y derecho

Autor:Agustín Squella Narducci
Cargo del Autor:Profesor de Introducción al Derecho y de Filosofía del Derecho , Universidad de Valparaíso Jurídica de las Americas, 2009
Páginas:229-332
RESUMEN

I. Introducción.- II. Breve mirada histórica.- III. Heteronomía y democracia.- IV. Esencia y valor de la democracia según Hans Kelsen.- V. El relativismo de Radbruch y la crítica de Radbruch al relativismo de Kelsen.- VI. ¿Por qué democracia? La pregunta de Alf Ross.- VII. La definición mínima de democracia de Norberto Bobbio.- VIII.... (ver resumen completo)

 
ÍNDICE
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I Introducción

El estudio de esa específica forma de gobierno a la que llamamos democracia corresponde antes a la filosofía política que a la filosofía del derecho. No obstante, política y derecho son áreas de la realidad estrechamente conectadas entre sí, por lo que las disciplinas que hacen de ellas sus objetos de conocimiento poseen igualmente fronteras nebulosas y ciertamente permeables. Una comunidad política, en efecto, es constituida como tal, estructurada y delimitada por el derecho y se desenvuelve a través de la producción de normas jurídicas, a la vez que el ordenamiento jurídico no puede existir como tal si no cuenta con aquella eficacia general y duradera que sólo el respaldo del poder político puede asegurarle.

Siendo tan importantes las relaciones existentes entre sistema político y sistema jurídico, puede comprenderse fácilmente que las características concretas que asume cada uno de ellos influyen fuertemente, e incluso determinan, el específico modo de ser del otro. En particular, el carácter democrático o auto- crático del gobierno del Estado tendrá como efecto evidente unaPage 230mayor o menor heteronomía del derecho, pues ésta resultará fuertemente atenuada, aunque evidentemente no eliminada, en aquellos casos en que las normas jurídicas de mayor jerarquía –constitución y leyes– sean elaboradas por órganos elegidos por los propios sujetos que luego resultarán imperados por ellas. Incluso, puede afirmarse que si la democracia produce muchas veces una cierta decepción, ello se debe precisamente a la constatación de que no logra reducir todo lo que se desearía la heteronomía del derecho.

No es de extrañar, por lo mismo, que numerosos y destacados filósofos del derecho se hayan ocupado de estudiar el tema de la democracia y que hayan efectuado al respecto contribuciones sin duda valiosas y destacables. Así, a lo largo del siglo XX, Hans Kelsen, Gustav Radbruch, Alf Ross y Norberto Bobbio escribieron acerca de la democracia, dejándonos unas obras dotadas de un notable y esclarecedor rigor conceptual. En nuestro ámbito cultural esa tradición ha sido continuada por auto- res como Carlos Santiago Nino, Elías Díaz, Gregorio Peces-Barba o Ernesto Garzón Valdés, quienes han dedicado también parte de su trabajo intelectual al estudio de dicho sistema de gobierno. Cabe señalar que un número especial de la Revista de Ciencias Sociales de la Universidad de Valparaíso, de 1990, bajo el título Filosofía del derecho y democracia en Iberoamérica , difundió 17 trabajos de igual número de autores de ese mismo ámbito cultural.

Hoy parecemos estar viviendo tiempos muy favorables para la democracia. Como señala Robert Dahl, “todas las principales alternativas a la democracia, o bien desaparecieron, o se transformaron en residuos exóticos, o se retiraron de la palestra para encerrarse en sus últimos baluartes”. “Los principales regímenes antidemocráticos del siglo –el comunismo, fascismo, nazismo– desaparecieron en las ruinas de una guerra calamitosa o, como la Unión Soviética, colapsaron desde dentro”, al tiempo que las dictaduras militares –tan frecuentes otrora en Hispanoamérica– han dado paso a regímenes democráticos o, como mínimo, “adoptaron una fachada pseudodemocrática”. Por otra parte, como sostiene Giovanni Sartori, “la democracia ha llegado a ser una palabra universalmente honorable” y, por lo mismo, ya casi nadie defiende explícitamente doctrinas antidemocráticas.

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Los anteriores son ciertamente signos alentadores, pero ellos no deben conducirnos a la conclusión ingenua de que el triunfo de la democracia es ya total y absoluto. Todavía hoy, menos de la mitad de la población del mundo vive bajo regímenes democráticos, a la vez que muchos de éstos son incompletos o ines- tables, mientras que los más consolidados son susceptibles de perfeccionamiento y profundización. Como indica Dahl, los valores antidemocráticos continúan existiendo, “frecuentemente asociados al nacionalismo fanático o al fundamentalismo religioso”. Tiene razón también Sartori, cuando dice que “la democracia aún tiene enemigos; pero ahora se la evita mejor en su propio nombre y por medio de su propio nombre”.

A lo dicho cabe agregar todavía que, debido al uso tan extendido y generalizado y, no pocas veces, abusivo que se hace de él, “el concepto de democracia –según señala Sartori– se presta a la multivocidad y a la dispersión”.

Por lo demás, hace ya rato que los enemigos de la democracia se han camuflado como partidarios de ésta o, cuando menos, como si estuvieran en posesión de una mejor versión de la democracia, que es lo que acontece cuando déspotas y autoritarios de diversos signos intentan presentarse como los conductores de una “auténtica” democracia, o de una democracia “orgánica”, o de una democracia “protegida”, o de una demo- cracia “popular”, etc., expresiones todas con las que esos déspotas y autoritarios saben que no se están refiriendo a un régimen propiamente democrático, sino a uno no democrático que, atendida la valoración positiva dada a la palabra democracia, así como el prestigio objetivo y amplio que de ella goza, insiste en presentarse como sí lo fuera.

Yo siempre he creído que la conversión de los no demócratas a la democracia es cosa difícil, como toda auténtica conversión, y que deberíamos recelar del hecho, hoy tan común en nuestras sociedades, de que prácticamente todos se declaren demócratas, incluso los que han dado pruebas de ejercer el poder en forma no democrática y los que no ocultan sus intenciones de conseguirlo o de conservarlo por medios igualmente no democráticos.

No nos engañemos: la democracia aún tiene enemigos que esperan su próxima oportunidad, sólo que ahora pretenden evi-Page 232tar la democracia, como apunta Sartori, “en su propio nombre y por medio de su propio nombre”.

Ignoro si en lo que voy a decir a continuación me encuentro demasiado influenciado por la experiencia chilena de transición desde un gobierno militar autoritario y no democrático a un régimen de democracia plena que el país todavía no puede alcanzar, pero tengo la convicción de que muchos de quienes apoyaron y fueron incluso colaboradores o funcionarios de ese régimen, se declararon luego demócratas y participaron incluso como candidatos en las elecciones, consiguiendo a veces puestos en el Senado o en la Cámara de Diputados, sólo como una manera de mantenerse en posiciones de poder desde las cuales influir para que la democracia continuara en nuestro país lo más limitada posible –tal como habían querido los militares–, retardando así el proceso de transición y la llegada a un régimen de democracia plena. Lo malo es que esos sectores no democráticos han tenido hasta ahora éxito y, peor todavía, contaron con una involuntaria pero eficaz colaboración de parte de los sectores democráticos que aun antes de terminar el gobierno de Patricio Aylwin, que cubrió el período 1990-1994, se apresuraron a dar por terminada la transición y a propiciar cambios sólo en el campo económico y social, mas no en el político, quedando constitucionalmente intocadas algunas de las principales instituciones no democráticas de la constitución que los militares impusieron en 1980; por ejemplo, la que permite la generación de una parte importante del Senado –que en Chile es cámara colegisladora– sin pasar por elecciones en las que participe toda la ciudadanía. Hoy todos advierten en las fuerzas democráticas que aquello constituyó un grave error y se manifiestan partidarios de modificar cuanto antes la constitución, aunque se han perdido ya diez largos años y, entretanto, los enemigos de la democracia plena han ganado, ahora con votos, un terreno que no tenían conquistado a inicios de la década de los 90.

No puedo evitar pensar que es posible que en las fuerzas democráticas de mi país existan también, aunque ciertamente sin confesarlo, algunos partidarios de la democracia limitada que, en el fondo de sus corazones, están más o menos satisfechos con el estado actual de cosas en el país, y que para no mover mayor- mente la cuestión de las reformas constitucionales pendientesPage 233se refugian en el diagnóstico de que éstas son todavía inviables. Creo que “inviable”, en política, es a veces una palabra más presentable al público cuando lo que de verdad acontece es que no se desea introducir una determinada reforma constitucional o legislativa. Por lo demás, si la política es, como dicen los pragmáticos, “el arte de lo posible”, un conjunto de fuerzas políticas, sobre todo si está en el gobierno, tiene el deber de procurar hacer viable lo que no parece posible, puesto que de lo contrario gobernar se hace sinónimo de observar.

En todo caso, y pasando ahora a un asunto diferente, quizás si el principal problema de las democracias actuales no esté radicado en quienes son francamente enemigos de esta forma de gobierno, sino en aquellos que son apenas indiferentes a sus bondades y se niegan a utilizarla. Esto quiere decir, puesto de otro modo, que uno de los problemas principales de nuestras demo- cracias actuales no está en los que quisieran acabar con el juego democrático, sino en los que se resisten a participar en el juego, o sea, en quienes declaran no tener preferencias políticas que expresar y se restan a las elecciones o proceden a anular o a dejar en blanco la papeleta electoral que la democracia...

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