Hitos en la historia de la formación del pensamiento jurídico - Primera Parte. Un nombre, un fundamento, una historia - Derecho y Justícia. Lo suyo de cada uno. Vigencia del Derecho Natural - Libros y Revistas - VLEX 327822411

Hitos en la historia de la formación del pensamiento jurídico

Autor:Gonzalo Ibañez Santa María
Páginas:41-99
RESUMEN

1. Grecia y la filosofía del Derecho. - 2. Roma y el surgimiento de la ciencia del Derecho. - 3. La síntesis de Justiniano: El Corpus Iuris Civilis. - 4. Las Institutiones. Disposiciones destacadas. - 5. El mundo occidental después de Justiniano. - Del siglo VI al siglo XI. - La recuperación de Aristóteles. - La recepción del Derecho Romano. - El caso francés La Coutume, el mos gallicus y el Códig... (ver resumen completo)

 
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No se necesita ser un gran historiador para darse cuenta de que,
aun en la más abyecta de las sociedades, incluidas las que pre-
tendieron formarse de acuerdo al proyecto marxista, ha tenido
siempre que aspirarse a un cierto orden de justicia en virtud del
cual las cosas se distribuyan sea en razón de las necesidades, de
las capacidades, de los méritos o de los deméritos de cada uno de
los miembros. De lo contrario, es literalmente imposible que esa
sociedad sobreviva ni siquiera un instante. Por muy fuerte que
pretenda ser un tirano, su poder requerirá siempre del apoyo de
otros y si con éstos no se comporta en forma justa, es inevitable
que se levanten contra él. Por definición, una sociedad supone
una finalidad común entre sus miembros –una finalidad que sea
querida y no solamente impuesta– y un criterio de distribución
que debe dejar medianamente satisfechos a esos miembros. No
es casualidad, por otra parte, que la sociedad que mejor logró
organizar ese orden de justicia y que mejor lo hizo realidad
haya sido la que más ha perdurado hasta ahora en la historia.
Me refiero a la vieja Roma: mil años de historia están ahí para
atestiguarlo; años que se duplican si consideramos lo que pervi-
vió el Imperio de Oriente al de Occidente. Y, en este caso, sólo
el feroz asalto de las fuerzas otomanas unidas a la indiferencia
con que los nuevos reinos occidentales asistían a tal espectáculo
pudo poner término a la obra política más formidable que ha
conocido la historia y entre cuyos constructores ocuparon un
lugar relevante el grupo de juristas que elaboró paso a paso su
estructura jurídica; lo que hoy conocemos con legítimo orgullo
como el Derecho Romano.
C A P Í TU L O II I
HITOS EN LA HISTORIA
DE LA FORMACIÓN DEL PENSAMIENTO
JURÍDICO
DERECHO Y J USTICIA
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1. GRECIA Y LA FILOSOFÍA DEL DERECHO
En todas las sociedades hay documentos o tradiciones que ates-
tiguan esta preocupación por una adecuada distribución. Pero
la reflexión propiamente tal sobre el tema del derecho y de la
justicia comenzó en la Grecia clásica. Como es bien sabido, los
griegos de esos años estaban especialmente dotados para el co-
nocimiento y la reflexión. Ellos fueron los que dieron origen a
la ciencia como conocimiento sistemático de las diferentes cosas
que nos rodean y, especialmente, a las ciencias que se ocupan de
la persona humana; no es de extrañar, por eso, que todas lleven
nombres griegos: antropología, psicología, biología, ética… Y,
también, lo lleva aquella que se ocupa de la dimensión social de
la persona: la política, de la cual algo hemos dicho ya. Asimismo,
no se limitaron a conocimientos parciales de la realidad ni se
contentaron con la suma de ellos, sino que aspiraron a conocer
esa realidad como un todo. Como bien se sabe, el griego nombre
Filosofía en su origen significó una actitud: el amor a la sabiduría,
pero poco tardó en significar la misma sabiduría en su globalidad,
en especial cuando incluía la más alta de las ciencias, esto es, la
metafísica (siempre un nombre griego), cuya misión es la de co-
nocer la realidad como un todo, apuntando a explicar el mismo
ser de las cosas y el orden que existe entre ellas. El derecho y la
justicia no podían estar ausentes de estas preocupaciones. Cabe,
por lo demás, consignar que era tanta la importancia que los grie-
gos daban a esta dimensión de la vida humana, que la pusieron
bajo de la tutela de una diosa: Diké, cuya misión era la de vigilar
los actos de los hombres velando por el mantenimiento de la
justicia y castigando severamente la injusticia, llegando incluso a
penetrar con su espada en los corazones de los injustos, aunque su
cometido no se limitaba sólo a castigar la injusticia sino también
a recompensar la virtud. Sus hermanas eran Eunomía, diosa de la
seguridad, y Eirene, diosa de la paz: paz y seguridad iban, entonces,
en esta concepción griega, estrechamente unidas a la justicia.
Platón (497-347 a. C.) fue, si duda, uno de los primeros autores
que se ocuparon del tema en uno de sus principales diálogos, La
República, dedicado, como su nombre lo indica, a la constitución
de la mejor comunidad política. En este diálogo, Trasímaco, uno
de los contertulios del momento, expresa su opinión escéptica y
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PRIME RA PARTE: UN N OMBRE, UN FU NDAMENTO, U NA HISTORI A
desencantada: “Sócrates, estás tan lejos de saber la naturaleza de
lo justo y de lo injusto, que ignoras que la justicia es un bien para
todos, menos para el justo; que la justicia es útil al más fuerte, al que
gobierna, y dañosa al más débil y al gobernado; que la injusticia,
al contrario, ejerce su arte y dominio sobre los sencillos y justos,
que por su sencillez ceden en todo ante el interés del más fuerte
y, sirviéndole, sólo se ocupan en atender los intereses de este y
abandonan los propios… Porque los que censuran la injusticia
no lo hacen por miedo a cometerla, sino a sufrirla…”26 (Lib. II).
Es, sin duda, una opinión formada a la vista del desastre que sig-
nificó para Atenas el predominio que alcanzaron en la formación
cultural de los años precedentes los sofistas, como Georgias y Pro-
tágoras. Para ellos, ninguna proposición era verdadera o falsa en
sí; en el fondo, su veracidad dependía de la utilidad que alguien
podía extraerles para alcanzar un determinado fin, sin importar
mucho la suerte de la ciudad. Fue esa doctrina, por ejemplo, la
que impulsó a los atenienses a embarcarse, a fines del siglo V,
en la fatídica Guerra del Peloponeso, en la cual Atenas colapsó
como la potencia rectora del mundo griego. Fue esa doctrina la
que tenía a Atenas sumida en interminables querellas internas,
disensiones y bandos irreconciliables, Vanos fueron, en su mo-
mento, los esfuerzos de Sócrates por convencer a los atenienses
de que no prestaran oídos a las ideas que ella propagaba; al final,
terminó condenado a muerte. Cuando Platón escribió su obra, el
mal estaba hecho –de ahí la opinión de Trasímaco– y a él sólo le
quedó exponer su propia opinión, aunque siempre por boca de
Sócrates, acerca de cuál era la idea de justicia que correspondía
vivir: “Por consiguiente, hemos de tener presente que cada uno
de nosotros será justo mientras haga lo que le es propio y cada
una de las partes de sí mismo haga también lo que le es propio…
Y en realidad la justicia es algo semejante a lo que prescribíamos,
pero no en lo que se refiere a la acción exterior del hombre, sino
a la interior, a la acción sobre sí mismo y las cosas que en él hay,
no permitiendo que nada de su interior haga otra cosa que lo
que le concierne y prohibiendo que unas cosas se entrometan en
lo que es propio de las demás; o sea que dispuestos rectamente
26 La República, Libro I, párrafo VII, Editorial Iberia, Barcelona, 1966, pp. 24
y sgtes.

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