El universo significante en la poesía de Rosamel del Valle (3). - Núm. 32, Marzo 2005 - Cyber Humanitatis - Libros y Revistas - VLEX 56739045

El universo significante en la poesía de Rosamel del Valle (3).

Autor:Castellano Gir
Cargo:Ensayo cr
 
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Locus y símbolos

Nos nos interesa demasiado introducir definiciones de tipo aristotélico en este estudio, todavía más que el propio poeta rechazaba este tipo de clasificaciones, prefiriendo, por ejemplo, el estudio en profundidad de una poética, como él lo hizo con Humberto Díaz Casanueva en La violencia creadora, hecho en términos visionarios y epistemológicos.

Usaremos indistintamente los términos simbolos o locus para indicar, precisamente, los aspectos ontológicos y connotativos de los innumerables personajes rosamelianos para el caso del símbolo, y semánticos (de significación más específicamente poética) en el caso de los locus, un término que hemos encontrado/acuñado precisamente después de leer y reflexionar extensamente sobre la obra de Rosamel del Valle. Locus y símbolos no son, por lo tanto, excluyentes o diferentes, sino que corresponden a una diferente angulación crítica o estructural del mismo concepto y función dentro del texto.

La lámpara

La lámpara es la figura simbólica favorita y más frecuente en la obra del poeta. Ya en PBN, la lámpara "Un ojo fijo" (PBN, 10) se relaciona con los anchos planos de lo mágico" (ibid.). Surge la lámpara desde la cotidianeidad, en PBN, en su función natural, para establecerse, transmutándose, como símbolo del alma y la luz humana por excelencia desde P en adelante.

Es significativa la aparición en P de la imagen "lámparas sonámbulas recogen la sangre de las estrellas que se corren"(21), porque relaciona lo sonámbulo (estado de videncia y de transrealidad) con la imagen de la lámpara claramente humanizada. Más adelante se refuerza esta idea: "Color de lámparas vestidas devenas fijas / En un descenso próximo al sonido / De raíces y ojos arrancados de súbito / De sangre devuelta por venas de vidrio" (P, 31). También " los relojes y las lámparas bebían [en vasos de color orquídea]" (FC, 34) subrayan la animación y contenido vital de la lámpara.

Refiriéndose al entrañable amigo/poeta Humberto Díaz Casanueva dice "En mi voz que ha viajado cerca de tu lámpara"(P, 46). Lámpara sería, pues, el alma, el espíritu, la psiquis en su más alta concepción hecha de imaginación y potencia visionaria, pero también otra dimensión metafísica más vasta: "El tiempo translada su lámpara de noche / No oída ni vista ... "(P, 52), aunque la figura de la lámpara se centra mayormente en el hombre y sus dimensiones interiores. Explícitamente "Es el hombre, una lámpara en dos pies / Y dos alas de vidrio y tiniebla alrededor" (P, 69). La lámpara es capaz también de recoger lo textual, el verbo: "Nada se oía sino el discurso de la lámpara" (LVC, 109).

La imaginación poética de Rosamel del Valle juega con las posibilidades del vocablo lámpara, desplegando hallazgos como " ... inaccesible dicha de las lámparas que pasan / Debajo de mis párpados en un sueño destruido"(P, 79). Las lámparas pueden extenderse a desmesura, "cubren el oído terrestre"(P, 81) y también convertirse en vigilantes, defensa de la integridad del poeta: "Oh lámpara, oh seguridad distante y siempre / Sangre de mi sueño tendido bajo aguas / En imagen de guardia con armas terribles / Y un helado sol de raíces afuera" (P, 83).

Hemos referido en la segunda parte (ver nota 102, segunda parte) la muy importante imagen de la lámpara de Lautréamont --citada por el poeta en "Puerta para no pasar"(EJO, 88)-- como probable origen de esta imagen rosameliana. Otros personajes/encarnaciones también están relacionados con la lámpara: "Si me devuelvo a la colina donde se deshace mi lámpara / Absalón dice la noche ... "(FC, 11).

Las lámparas experimentan el signo mágico de la metamorfosis: "Lámparas metamorfoseadas comienzan a andar delante de mí"(LVC, 58). Es un proceso alotrópico, de formas reversibles o tautoméricas: "Las gentes son lámparas errantes y uno a la vez se metamorfosea en una lámpara y pasa a formar fila entre millones de otras lámparas" (SPCR, 10).

Es una imagen --la lámpara rosameliana-- en estrecha relación con lo mágico, aún en la forma tradicional y reconocida del genio de la lámpara maravillosa: "Con el cántico de la creación a toda orquesta / Entre bendiciones y maldiciones primordiales / Con el primer soplo en el oído del genio de la lámpara"(ECE, 56), "A veces el recuerdo que no es un insecto cruel sino más bien el enano que habita en la lámpara maravillosa" (SPCR, 55).

El poeta es inseparable imagen y reflejo de esa lumbre de maravilla, su creatividad y estro. Sólo en su ausencia final, en la muerte" se desviste del laúd y de la lámpara" (AET, 51).

El poeta, por último, engarza la lámpara con figuras de su repertorio, sus símbolos queridos en la unidad del ser:

Mi sangre es un ruido de tierra removida Por brillantes uñas de ángeles que llaman a las puertas Inútiles y cerradas del Paraíso perdido, Memoria mía, amada tiniebla mía, corona de lámparas degolladas ¿De qué cielo regresas, de qué agua despiertas? (P, 96). El olvido/la memoria

En la realidad de la psiquis y también del texto rosameliano, el olvido es el lapsus, el interregno, y la memoria es lo visible, el facto, la realidad que el tiempo y el olvido devoran, corroen. El poeta propone una memoria "alegórica" que rescata para sí y para su obra lo que de otro modo desaparece. Ella es, por lo tanto, el oficio y el cuerpo mismo del hecho literario, su substrato y su esencia, y a la vez el mecanismo en el que sus palabras se incuban y crecen.

En "La memoria alegórica" el poeta, "aquél que andaba en puntillas" (ECE, 50) postula una continuidad en la existencia terrena, una reencarnación lírica de edad en edad, hasta llegar a aquel " ... tiempo del tiempo sin tiempo / [cuando] La higuera era sagrada y el hijo seguía al padre / Regocijado por la crueldad del sacrificio"(ECE, 50). Hay una memoria cultural, tantas veces evocada y empleada en sus imágenes ("¿La mansión de la memoria es todavía el castillo de Elsinor?"(LVC, 109) y es una memoria viva porque "[en ella] no viven las cosas del mismo modo que mueren en el conocimiento, sonde es muy probable que impere lo concreto de un modo inverosímil"(PBN, 58).

Por lo visto el poeta postula --y creemos que este estudio de su obra ayuda a esclarecerlo-- a un modo diferente del conocimiento, un nuevo epistema, una forma totalizadora que rechace tanto al irracionalismo puro, como al racionalismo linear y restrictivo. Esta "memoria alegórica" es un pilar de este conocimiento, puesto que el poeta crece a través de ella, se nutre de un pasado seleccionado y fermentado en "reconciliación" para que en el árbol de la memoria puedan vivir, como afirma, "los pájaros de todas las estaciones" (ECE, 37).

Las llaves

Según José Ramón Heredia (véase texto y nota en pp.11-12), las llaves son instrumentos del misterio y del sueño. No podemos restringir sólo a esto la funcionalidad poética de un locus/símbolo rosameliano, aunque es ciertamente diferente que las llaves tengan una "funcionalidad" que las diferencia de, por ejemplo, la lámpara, entidad física/metafísica en si misma.

Hay una "llave de los ojos" y una "llave del corazón" (P, 71) sugiriendo que ellas son instrumentos, claves emocionales. Las llaves cumplen su función tradicional ("como puertas sin llave en el vacío", P, 78) pero, inmediatamente su significado se proyecta hacia lo existencial/ontológico: "Y el hermano apaga la llave / Flotante del hermano" (ibid.).

La Anciana (figura ambiguamente maternal y terrestre) posee "las viejas llaves del corazón" (EJO, 16) y está rodeada de la cosmogonía cara al poeta (campanas, ángeles) y "debajo de las bocas turbadas / De tanto cavar en la memoria" (ibid). El poeta, que tantas veces escribió y vislumbró la propia muerte, después de semejante visión afirma que es "Lo que decían tus llaves" (EJO, 19) y "Es la luz de las llaves, huésped mío: / La Anciana de las llaves" (EJO, 60).

Pero también la amada puede (o no puede) ser llave, sugiriendo lo contradictorio del alma humana: "Ni eres la llave que cierra pero que no abre./Ni eres la amapola que vierte su imán / En el corazón profundo de la tierra, / Pero estás muerta en una lágrima" (EJO, 72). Si la vida misma es una pregunta, la llave podría ser una forma de respuesta: "El viajero vestido de ardor silencioso / Es la pregunta que ha perdido las llaves" (FC, 9), pero el autor se cuida de guardar, mantener la ambiguedad que nutre y enriquece su discurso.

Hay "Llaves invisibles" (titulo del libro de relatos de 1945) y también "llaves para ninguna puerta" (LVC, 23) donde "tal vez las puertas se abran solas y lo que entre / Hablará como la llave de la muerte en la cerradura / De una puerta incendiada por dentro" (LVC, 24). Hay también una "Llave de un país olvidado, /[que abre] el secreto de nombres y personas" (ECE, 22).

¿Es pues la llave, como dice Heredia, el "sésamo" ritual que nos franquea la puerta del misterio? Pensamos que sí, pero también es un misterio más vasto que el anotado tan justamente por el escritor venezolano en el año preciso de la muerte de Rosamel del Valle, en 1965.

Es un misterio poético, si la imagen cabe.

Los imanes

El imán es tal vez el más singular de los locus rosamelianos. Pertenece, con catástrofe, estropicio, lo tornasol, lámpara, a los vocablos predilectos del poeta.

Por su característica de fenómeno polar, perteneciente al ámbito del magnetismo físico, podriamos considerarlo entre aquellos aportes del modernismo y la vanguardia (referirse a lo dicho sobre Herrera y Reissig en la primera parte) y especialmente del creacionismo, cuando se dio rango lírico a elementos físicos, geográficos y especialmente a los neologismos del progreso tecnológico, todavía visto en modo naive, sin los visos apocalípticos que tomaría posteriormente. 1 Hay un gozo casi infantil en el poeta de la época de Mirador , por ejemplo, desplegando transatlánticos, omnibuses, aeroplanos, bicicletas, motocicletas, cinematógrafos...

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